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DEVOCIONAL 02LECTURA · 5 MIN

Colosenses 3:23

También sirves a Dios cuando haces bien lo que te toca

La próxima oportunidad de honrar a Dios puede estar en esa tarea sencilla que estás a punto de hacer.

Una persona trabaja con atención en una silla de madera en su taller, cuidando los detalles de una tarea cotidiana.
Pasaje bíblicoColosenses 3:22–25; 4:1 · Reina-Valera 1960

Estás terminando el día. Falta limpiar una mesa, revisar un pedido o corregir un detalle que probablemente nadie va a notar.

Podrías dejarlo así. Ya trabajaste bastante.

Pero sabes que alguien recibirá lo que tú entregues: un cliente, un compañero, una familia. Y ahí, en una decisión pequeña, aparece una pregunta que tiene mucho que ver con tu fe:

«¿Cómo voy a cuidar lo que hoy está en mis manos?».

A veces pensamos que servir a Dios comienza cuando entramos a la iglesia. Sin embargo, nuestra manera de trabajar, administrar y tratar a las personas también expresa a quién seguimos.

El contexto: la fe alcanza las tareas cotidianas

En Colosenses 3, Pablo explica cómo la vida en Cristo transforma las relaciones. Al dirigirse a personas esclavizadas dentro de los hogares del mundo romano, les dice:

«Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres».

Colosenses 3:23, RVR1960.

Ese contexto es diferente del empleo actual. No debemos trasladarlo como una exigencia de obediencia ilimitada hacia un jefe. De hecho, Pablo también exige a los amos actuar con justicia, recordándoles que ellos mismos responden ante Dios. Colosenses 4:1.

La enseñanza permite reconocer una verdad: nuestras responsabilidades diarias tienen importancia delante de Cristo, incluso cuando reciben poco reconocimiento humano.

1. Ser mayordomo es cuidar lo que te ha sido confiado

Un mayordomo administra bienes y responsabilidades que ha recibido para cuidar. La mayordomía cristiana aplica esa idea a nuestra vida delante de Dios.

Tenemos tiempo, capacidades, recursos y oportunidades. También recibimos la confianza de otras personas.

La pregunta es qué hacemos con todo ello.

Si utilizas herramientas de trabajo, las cuidas. Si administras dinero, puedes explicar cómo lo empleaste. Si alguien te confía información personal, respetas su privacidad. Si tienes conocimientos, los compartes sin humillar a quien todavía está aprendiendo.

Incluso tu autoridad requiere mayordomía: las personas a tu cargo tienen dignidad, necesidades y límites. Tu responsabilidad es ejercer esa autoridad con justicia.

La mayordomía empieza cuando dejamos de tratar como insignificante lo que alguien ha puesto bajo nuestro cuidado.

2. Trabajar para Dios cambia cómo actúas cuando nadie supervisa

Pablo confronta el servicio realizado solamente para quedar bien ante quien observa. Su enseñanza apunta a la sinceridad del corazón.

Eso toca situaciones muy prácticas.

Si vendes tacos, sirves con higiene, cobras correctamente y entregas lo que prometiste. Si diriges un equipo, reconoces el mérito ajeno y no escondes errores para proteger tu imagen. Si estudias, haces el esfuerzo de aprender en lugar de limitarte a aparentar que sabes.

También cuenta lo que haces en casa: recoger lo que usaste, cumplir un acuerdo o atender a alguien con paciencia.

La integridad permite que exista continuidad entre lo que confesamos el domingo y lo que hacemos el lunes.

Puedes preguntarte: «¿Haría esto de la misma manera si nadie pudiera felicitarme ni reclamarme?».

3. Hacerlo de corazón implica dedicación y honestidad sobre tus límites

Trabajar para Dios no exige que nunca te equivoques. Requiere disposición para aprender, corregir y cumplir responsablemente.

A veces la acción más honesta será decir: «Esto no lo sé hacer todavía». O avisar con tiempo: «No voy a alcanzar a entregarlo; necesitamos ajustar el compromiso».

Prometer más de lo que puedes cumplir puede impresionar por un momento, pero termina afectando a quienes confiaron en ti.

También necesitas cuidar tus fuerzas. Una agenda que consume permanentemente el descanso, la familia y la vida espiritual merece ser revisada.

Tus capacidades son parte de lo que administras. Reconocer que son limitadas te ayuda a utilizarlas con sabiduría.

La fidelidad se construye con compromisos que podemos sostener y errores que estamos dispuestos a corregir.

4. Tu trabajo puede convertirse en una forma concreta de amar al prójimo

Detrás de cada tarea hay alguien que recibe sus consecuencias.

Una reparación bien hecha protege a una familia. Un alimento preparado con cuidado alimenta a alguien sin ponerlo en riesgo. Un registro correcto evita que un compañero pierda horas buscando información. Una explicación paciente permite que otra persona aprenda.

Pensarlo así cambia la tarea: ya no es solamente «terminar lo mío», sino considerar cómo mi trabajo afecta a los demás.

Esto no garantiza ascensos, reconocimiento ni mayores ingresos. Sí da una razón profunda para actuar con fidelidad aun cuando el aplauso no llegue.

Trabajas delante de Dios y en beneficio de personas reales.

Para poner en práctica hoy

Elige una responsabilidad cotidiana y responde:

  • ¿Qué me han confiado?
  • ¿Quién recibe las consecuencias de cómo lo hago?
  • ¿Qué puedo cuidar mejor hoy?

Después realiza una mejora concreta: corrige un dato, cumple una promesa pendiente, devuelve algo que te prestaron o enseña con paciencia una tarea.

Antes de comenzar, puedes orar: «Señor, ayúdame a servirte en la manera en que hago esto».

La próxima oportunidad de honrar a Dios puede estar en esa tarea sencilla que estás a punto de hacer.

Oración

Señor, gracias por lo que has puesto en mis manos. Enséñame a cuidar mi tiempo, mis capacidades y la confianza de los demás. Ayúdame a trabajar con honestidad, reconocer mis límites y corregir mis errores. Que mi manera de hacer las cosas refleje tu amor hacia quienes reciben mi trabajo. En el nombre de Jesús. Amén.

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