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DEVOCIONAL 14LECTURA · 5 MIN

Mateo 6:5–13

Cuando tienes mucho que pedirle a Dios, pero poco tiempo para estar con él

¿Cómo recuperamos una relación que estamos tratando como un trámite? Jesús nos enseña a acercarnos al Padre con atención, confianza y sinceridad.

Un momento de oración junto a una Biblia abierta, con el teléfono apartado y la luz de la mañana entrando por la ventana.
Pasaje bíblicoMateo 6:5–13 · Citas de Reina-Valera 1960

Abres el teléfono para revisar un mensaje y, cuando te das cuenta, han pasado veinte minutos. Por la noche intentas orar, pero estás cansado. Repasas rápidamente tus pendientes: la salud, el trabajo, los hijos, ese problema que todavía no se resuelve.

Terminas y te duermes.

No has dejado de creer en Dios. Sin embargo, quizá la oración se ha convertido en una lista que entregas cuando ya no te queda tiempo para nada más.

¿Cómo recuperamos una relación que estamos tratando como un trámite?

Jesús nos dejó una enseñanza que comienza por revisar para quién oramos y qué buscamos al hacerlo.

El contexto: Jesús corrige nuestra manera de acercarnos a Dios

En Mateo 6, dentro del Sermón del Monte, Jesús advierte sobre dos errores: orar para impresionar a otros y pensar que la cantidad de palabras garantiza ser escuchados.

Después recuerda que el Padre conoce nuestras necesidades antes de que se las presentemos.

Esto despierta una pregunta importante: si Dios ya sabe lo que necesitamos, ¿por qué orar?

La enseñanza que sigue muestra que orar implica mucho más que comunicar información. Jesús nos enseña a acercarnos al Padre, reconocer su autoridad y confiarle nuestra vida. Mateo 6:5–13.

1. Antes de enseñarnos qué pedir, Jesús nos recuerda con quién hablamos

«Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre».

Mateo 6:9, fragmento, RVR1960.

La primera palabra establece una relación: Padre. Jesús enseña a sus discípulos a acercarse con confianza.

La expresión en los cielos recuerda su grandeza y autoridad. Podemos hablarle con cercanía y, al mismo tiempo, con reverencia.

Luego aparece una petición que merece atención: que su nombre sea santificado. No estamos pidiendo que Dios se vuelva más santo. Pedimos que sea reconocido y honrado como santo, también en nuestra conducta.

Así, desde el comienzo, la oración nos involucra. Pedir que Dios sea honrado nos lleva a examinar cómo hablamos, cómo tratamos a otros y qué hacemos cuando nadie nos observa.

Orar es entrar en una relación que también transforma la manera de vivir.

2. El orden de las peticiones nos enseña a ordenar nuestros deseos

Jesús continúa:

«Venga tu reino. Hágase tu voluntad».

Mateo 6:10, fragmento, RVR1960.

Antes de mencionar el pan diario, el modelo nos dirige hacia el gobierno y la voluntad de Dios.

Ese orden no prohíbe comenzar una oración pidiendo ayuda en una emergencia. Nos enseña qué debe orientar nuestra relación con él.

Pedir que venga su reino expresa el deseo de que su gobierno sea reconocido. Pedir que se haga su voluntad incluye nuestra disposición a obedecerla.

Podemos pedir que una conversación salga bien y, al mismo tiempo, negarnos a escuchar. Podemos pedir paz en casa mientras conservamos el hábito de humillar. La oración nos invita a reconocer esas contradicciones.

Una pregunta útil sería: «Además de pedir que cambie esta situación, ¿estoy dispuesto a que Dios corrija mi manera de participar en ella?».

Rendir nuestra voluntad no significa dejar de expresar lo que deseamos. Significa presentarlo con honestidad y reconocer que nuestra perspectiva es limitada.

3. Tus necesidades sí tienen lugar delante del Padre

Después, Jesús enseña a pedir alimento, perdón y ayuda frente a la tentación y el mal.

La oración incluye necesidades materiales, relaciones que necesitan reparación y nuestra fragilidad espiritual. No hace falta fingir que solo nos interesan asuntos elevados.

Podemos hablar del dinero que falta, del cansancio, de una culpa o de una decisión difícil. Todo eso forma parte de la vida que presentamos a Dios.

También importa que Jesús utilice expresiones en plural. El modelo nos enseña a pedir por una comunidad: nuestras necesidades, nuestro perdón, nuestra protección. Orar ensancha nuestra atención hacia los demás.

4. Recuperar la oración requiere darle un lugar real

Es posible saber mucho sobre la oración y seguir posponiéndola.

La intimidad con Dios necesita atención. No siempre tendremos ganas ni encontraremos las palabras con facilidad. Podemos comenzar reconociendo precisamente eso: «Padre, estoy distraído y me cuesta buscarte. Ayúdame».

No necesitamos producir una emoción intensa para que la oración sea sincera. Sí podemos tomar decisiones que favorezcan esa sinceridad: apartar el teléfono, reservar unos minutos y utilizar un pasaje bíblico para orientar lo que decimos.

La constancia puede comenzar de una manera sencilla y crecer con el tiempo.

Para poner en práctica hoy

Reserva diez minutos y recorre estas tres preguntas:

  • ¿Qué reconozco de Dios? Expresa gratitud y honra su carácter.
  • ¿Qué necesito rendirle? Identifica una decisión en la que te cuesta obedecer.
  • ¿Qué necesito confiarle? Presenta una preocupación tuya y una necesidad de otra persona.

No lo conviertas en una fórmula para obtener resultados. Utilízalo como ayuda para prestar atención a aquel con quien estás hablando.

Jesús nos enseña a pedir desde una relación: tenemos necesidades, y tenemos un Padre a quien acudir.

Oración

Padre, enséñame a buscarte con atención y sinceridad. Que tu voluntad encuentre respuesta en mis decisiones. Te confío mis necesidades y te pido que formes en mí el deseo de estar contigo. Amén.

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